Cuando la musa se viste de seda...

Todas las mañanas laborables sigo caminando hacia el trabajo mientras me vuelvo más sordo poco a poco, es una costumbre que cogí en tiempos universitarios y que parece muy arraigada en mi persona. Consigo así, todas las mañanas, ir despertando entre melodías sincopadas, tresillos atrevidos y algún que otro compás todoterreno. Es en esos momentos cuando me doy cuenta de muchas cosas
, cuando recuerdo aquellos saltos bajo la lluvia y esas lágrimas de felicidad anegadas en alcohol, es entonces cuando regurgito ciertos sentimientos que me permiten viajar al pasado y trato de no poner caras raras a esas horas intempestivas de la mañana. Otras veces simplemente me abstraigo y me pongo a leer.

Es diferente cuando es la primera vez y sobre todo si lo es para los dos, normalmente prefiero que sea en casa, prefiero estar solo y utilizar el volumen necesario para que mi ya comentada sordera no interfiera. Antes se trataba de introducir muy lentamente y apretar el botón con suavidad pero con firmeza, y dejar que el tiempo pasara. Ahora, con las nuevas tecnologías, como mucho utilizas un pincho, cables y auriculares, es todo más práctico y rápido, con menos preliminares pero no por ello menos placentero. Lo que no cambia es el sentimiento, es la escucha, el desgajar cada nota buscando el por qué de la misma. Existen veces que la primera vez no deja buen sabor de boca, es entonces cuando le das otra oportunidad, cuando permites que tu onda y la suya se puedan a encontrar en algún punto, cuando sin haber estado con ella antes (más que la vez inicial) afloran sentimientos que muchas veces te estremecen y muchas otras te impulsan a hacer algo que visto desde fuera seguro provocaría carcajadas. Pero no todo es de color de rosa, es más, es difícil que sea de color de rosa y la mayoría de las veces buscando esa experiencia decides no intentarlo más, simplemente está fuera de espectro. Yo animo a tratar de entender y a sentir, me parece algo fundamental, algo bonito por fuera sin un sentimiento en su haber, se queda como algo bien ejecutado y con lo que puedes llegar a disfrutar. Pero quedarse ahí es como ver la Torre Eiffel en una postal pudiendo encontrar un viaje y un momento que te lleve a sus pies e incluso te permita llegar a su punto más alto.

Para mí es necesario tener una musa, una musa que cambia, gira y se viste de diferentes retales y esperpentos, una musa cercana a la que acudir cuando la cruda realidad no te deja ver la belleza del desnudo.



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