Con el Sol a cuestas. Día 1: Constantinopla, la ciudad que nunca termina



DIA 1. COPENHAGUE-ESTAMBUL



Pocas horas después de caer dormido y tras varios cabezazos de los que te rompen el cuello, decido que es hora de ir espabilándose. El avión está a punto de llegar al aeropuerto de SabihaGokcen, en la parte asiática de Estambul y a unos cuantos kilómetros del centro. Tras pisar la cálida tierra turca empieza el infierno de la frontera. Descuidados habíamos olvidado mirar el visado turco, la última vez que estuve se pagaba en el mismo aeropuerto. Vimos un cajero y decidimos sacar nuestras primeras liras turcas aprovechando que no había nadie haciendo uso de él. Por el camino hacia el control de pasaporte vimos una ventanilla que ponía visa así que nos acercamos a adquirir allí el visado.  Tontos de nosotros fuimos a pagar en liras turcas, pero como es lo normal en fronteras solo admiten dólares y en este caso también euros. Yo tenía algún euro así que no tuve problema, pero Gala tuvo que volver al cajero que también disponía de euros. Una vez pagada la visa nos pusimos a la inmensa cola de control de pasaporte. No dimos cuenta de que ahora existe el visado electrónico y por lo que he leído al volver del viaje va a ser obligatorio.  Eso puede explicar el por qué nos cobraron más de lo que oficialmente se supone que es (15€ o 20$). Así que ya sabéis, si vais a tierras turcas adquirid el visado electrónico. Tardamos alrededor de una hora en pasar el control y rápidamente buscamos el lugar de los Havatas (la compañía de bus) a Taksim. Un zumo de naranja natural nos hidrató antes de ir a la cola para el bus (está justo a la salida de la terminal). La inmensidad de Estambul hacía su presencia hasta donde nuestros ojos abarcaban. El trayecto fue largo, muy largo. Tardamos algo más de 1h en recorrer los 40km que separan la plaza de Taksim del aeropuerto. El tráfico de la ciudad es infernal, bastante peor que lo que yo recordaba. Nada más bajar del autobús cruzamos la inmensa plaza en busca de la famosa calle Istiklal. La madrugada había pasado hacía unas horas y ya estábamos en pleno día, el bullicio por las calles así lo confirmaba. Teníamos 2km de pateo hasta llegar a la torre Gálata con las mochilas a cuestas y un calor para el que nuestras ropas no estaban preparadas. 25 minutos después llegamos a pies de la bonita torre y justo vemos a Fany en una de las cafeterías de la plaza, Ángela estaba dentro. Tras contar nuestras peripecias y las suyas dejamos los macutos en el apartamento y bajamos a acompañarlas en el desayuno, luego volveríamos a la cama a buscar unas pocas horas de reposo.

Torre Gálata
 Llegaba la hora de comer y algo de energías habíamos repuesto, pero el estómago empezaba a protestar. Cuando hubieron vuelto Fany y Ángela de arreglar los trayectos de bus, nos fuimos todos al mercado del pescado. Bajando por las bulliciosas calles de Beyoglú pronto vimos el puente de Gálata, y a su vera, el mercado de pescado. Dimos un paseo y seleccionamos uno de los muchos restaurantes y como no, nos dimos un buen homenaje pesquero. Sobró bastante comida, ya que el camarero nos aconsejó una ración de más (nos vería gordos o algo), pero la verdad que el pescado estaba bastante bueno. 

El mercado de pescado

Vistas desde la terraza

Nuestra comida
Para no desaprovechar la tarde decidimos coger un taxi que nos llevara hasta Aya Sofía. Fue entonces cuando vi que lo que hacía 10 años era un caos de tráfico ahora era una completa locura. Recordaba moverme en taxi como un medio de transporte barato y más o menos rápido. Pero visto lo visto en los tres días, el coche en Estambul seguramente sea el medio de transporte más lento. Tardamos una eternidad y más en llegar a donde nos dejó el taxi, porque encima nos dejó a unos 10min caminando de la iglesia-mezquita-museo. Había bastante cola, pero las máquinas de tickets automáticas estaban vacías. Sin dudarlo sacamos allí los billetes y pasamos sin hacer nada de cola.

El edificio es impresionante, es sencillamente inmenso. Como es habitual, una torre gigante de andamios cubría entera una de las alas internas. La mezcla de mosaicos cristianos e inscripciones de alá hacen el lugar aún más especial. Con la entrada también te permiten subir al primer piso y observar desde las balconadas. Tras una vuelta y unas cuantas fotos, salimos del lugar. 

Aya Sofía

Aya Sofía

Mosaico en Aya Sofía
 
Aya Sofía

Aya Sofía
Como el Gran Bazar no pillaba muy lejos fuimos dando un paseo hasta allí. No tendríamos mucho tiempo para comprar porque se nos había echado el horario encima, pero al menos nos bastaría para echar un ojo. Estos pensamientos y los buenos recuerdos y momentos que había pasado en el bazar pronto se esfumaron al entrar al mismo. La esencia del bazar, eso que notas al entrar en cualquier zoco de ciudad o pueblo de raíces árabes, no se veía por ningún lado. Las destartaladas tiendas, el desorden, los gritos y la insistencia de los tenderos se habían esfumado. ¿Dónde está el regateo? ¿Y los gritos de María, Fátima, etc? Perdidos. Fue una gran decepción para todos el encontrarnos el gran bazar como un cúmulo de tiendas bien ordenadas, muchas joyerías y alfombras. O yo había estado en otro lugar o aquello había cambiado mucho. Buscando esa esencia perdida salimos por las callejuelas de fuera y ahí sí podías ver algún vestigio de lo que fue. De todas maneras, el gran bazar es visita obligada, ya quizás no para comprar pero sí para disfrutar en el laberinto de callejuelas bajo techo. Con el disgusto en la cabeza, pero con los recuerdos aflorando, decidí no inmortalizar aquel lugar y confiar de las imágenes pasadas.


Saliendo hacia el Gran Bazar

Una vez fuera vimos que en taxi era imposible volver, así que nos subimos al tranvía. Es una manera muy cómoda y rápida de moverte por la ciudad, pero sin la tarjeta de transporte se me antoja bastante cara. Cuando llegamos a los pies de la torre Gálata decidimos tomar algo por la zona, encontramos una terraza en un ático que estaba vacía, no dudamos en subir. Luego nos dimos cuenta de que estaba vacía porque solo tenían refrescos y algún que otro zumo, estaban pendientes de la licencia para vender alcohol. Como tenía muy buenas vistas no dudamos en quedarnos allí al buen tiempo, ya que el sofocante calor se había ido y soplaba una brisa muy agradable.

En la terraza
 Para cenar nos metimos en una de las callejuelas colindantes a Istiklal, optamos por un pub-restaurante con terraza. La comida no estuvo mal, el precio asequible. Derrotados volvimos al apartamento, las últimas fuerzas que nos quedaban las usamos para subir al ático y contemplar la inmensidad de aquella ciudad por la noche. 

Estambul by night

Estambul by night

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