Con el Sol a cuestas. Día 6: ¿Dónde está el agua?



El autobús llegó a Denizli, el hinchador nocturno había hecho de las suyas y todos nos levantamos con el pie bota. Estábamos en la estación a las afueras de la ciudad, nos hicieron bajar y a todos los que lleváramos rumbo a Pammukale nos subimos a un bus contiguo. En unos 15 minutos llegaríamos al destino. Allí, muy amablemente, nos permitieron dejar las mochilas en el lugar que hacía como agencia de viajes-estación. El pueblo era pequeño, tres calles y unos cuantos alojamientos. Estábamos muertos de sueño, con los pies hinchados y el tiempo no acompañaba. Hacía algo de fresco y el cielo estaba bastante nublado con previsión de lluvia. Aún así, liberados del peso en la espalda caminamos hacia los travertinos. Lo primero que vimos fue una impresionante montaña teñida de blanco por sus tres laderas. Hicimos unas cuantas fotos desde una zona donde hay una pequeña terma, un lago y unas piscinas. Luego nos acercamos a la taquilla, pero aún estaba cerrada, nos sentamos y tuvimos que esperar un rato, pero fuimos los primeros en entrar y la verdad que es una pasada tener aquello para ti solo. O al menos esa fue nuestra impresión al entrar al recinto. Antes de llegar a las blancas terrazas hay un banco donde te has de descalzar si quieres continuar, así que eso hicimos. Fue en ese momento (aunque ya estábamos avisados) cuando nuestros pies notaron el áspero algodón que da nombre al lugar (“pamuk” es algodón en turco). Muy bonito en las fotos, precioso en las postales, pero te aseguro que andar descalzo por ello molesta, y bastante. En todos los lados pone que está húmedo y que es mayor el riesgo de resbalarte, pero me río yo de eso, el agua brillaba bastante por su ausencia, pero ya llegaremos a eso. Empezamos a escalar por la blanca montaña buscando alguna terraza con agua termal para meternos, pero en ese momento un pitido desde abajo nos avisa que no podemos seguir por esa zona que tenemos que volver al camino. Estábamos ya en medio de la montaña y la gente que venía detrás nos había empezado a seguir, con el consiguiente entuerto para el cuidador. Fuimos volviendo al camino como pudimos, pero tardamos bastante. Al poco rato empezó a llegar gente de la parte de arriba, habían entrado por la puerta sur. Veíamos como las terrazas que tenían agua se iban llenando poco a poco. Por el camino de subida metimos los pies en unas cuantas terrazas, pero el agua estaba helada, así que desistimos en meternos.

 
Pammukale y travertinos

Esperando a que abrieran

El banco para quitarse el calzado

Bonito sí, pero ¿y el agua?

Andando por zonas prohibidas

Desde lo alto de la zona prohibida

Volviendo a la senda adecuada

Testeando el agua fresca

Una de las piscinas

El canal, Gala y los travertinos



 Poco a poco el lugar nos iba decepcionando más y más. El sitio está muy mal cuidado, no existe control alguno del turista más que tres cuidadores a lo largo de la montaña con un silbato, y da vergüenza ver a las hordas de domingueros como si estuvieran en la piscina de un hotel de Benidorm. A eso hay que sumar que el sitio está más seco que la mojama, no hay ni un 5% de las terrazas que lleven agua, y el 80% que sí la llevan es agua estancada y fría. Existe una corriente de agua termal que va a los lados del camino, pero creo está mal aprovechada y podía haber sido canalizada. O si me apuras restringir una zona  para baños de las visitas. En fin, que la paliza de viaje para verlo no me mereció la pena. Llegamos a la zona de arriba, que estaba atestada de niños, turistas y asiáticos sacando fotos a todo y todos. Nosotros llegamos con la intención de buscar más partes donde se pudiera estar más tranquilo, pero no te dejaban entrar a ninguna otra terraza. Es decir, solo una pequeña zona con poca agua y llena de gente sin cuidado; el sitio perfecto. Otra cosa que salvo de la visita (además del momento inicial de esto es para nosotros solos) son las ruinas de Hierápolis. Las ruinas de esta ciudad que data de dos siglos a.C. están en lo alto de la montaña, pero eso sí, la esencia de la misma se ha perdido un poco ya que el lugar está bien plano, con pasarelas de madera y setos bien cortados. Todo para que el turista se sienta cómodo si le apetece pasear por la zona, porque el 80% de ellos se quedan en el travertino o en la piscina (en la que hay que pagar aparte por entrar). Es atroz el ver a personas en bikini o huevera haciéndose fotos con las ruinas como si fuera un photocall veraniego a la entrada de una piscina. Por lo menos, muy lejos no caminaban y la mejor zona de las mismas estaba más alejada, destacando el teatro romano. Un poco decepcionados y sin sol para que nos animara, decidimos volver. Por el camino decidí que me ponía el bañador y me bañaba, había que aprovechar la oportunidad. Encontré una terraza medio templada y me metí, no es que estuviera caliente pero al menos me había bañado en Pammukale. Lo que también hice fue meterme en el canal paralelo al camino, donde el agua si bajaba caliente y donde se estaba muy a gusto.

Hierápolis

Tras el arco

Ruinas

En el teatro

Metiendo los zancos

En el canal

Atención a la chica embarrada de la derecha

Bajando hacia el pueblo


De vuelta en el pueblo decidimos entrar a un lugar a comer algo. Aquel restaurante que parecía más la casa de una señora del pueblo hizo que nos retrasáramos bastante antes de coger el dolmus hacia Denizli, si le dábamos caña podríamos coger un tren hasta Selçuk, ya casi a pies del Mediterráneo. El bus nos dejó en la estación de autobús, preguntamos por la de tren y corriendo con las mochilas dimos con ella y compramos los billetes. El tren llegaba con algo de retraso, y pudimos recuperar así el aliento. El tren era bastante nuevo, no era incómodo para nada, pero se fue llenando poco a poco y según avanzábamos parecía más un autobús de línea que un tren de media distancia. Con lo que al final pensamos que el autobús habría sido algo más cómodo, al menos no tenías varias personas rodeándote con el culo en tu cara. Cuando llegamos a Selçuk teníamos la opción de visitar Éfeso si nos dábamos prisa, pero el sol abrasador hizo que por unanimidad decidiéramos que sería mejor dejar de lado el andar 2h por las ruinas e ir hasta Kusadasi, ciudad donde teníamos reservado el alojamiento y última parada antes de poner rumbo a la vecina Grecia. Por suerte, la espera al autobús no fue muy grande y pronto llegaríamos a la ciudad portuaria. Allí tablet en mano y gps encendido conseguimos llegar a nuestro hostel. El lugar era viejo, pero tenía un patio con una piscina que no tardamos nada en aprovechar. Ahora sí, estábamos en la gloria. 

Descansados decidimos pegarnos una ducha y antes de poner rumbo a ver un poco el pueblo y buscar un sitio para cenar. Preguntamos al dueño por los barcos a Samos, nos dijo que para cuando y que él lo gestionaba, a la mañana siguiente nos acompañaría al lugar para pagarlos y recogerlos. Salimos del hostal y nos perdimos por las callejuelas del centro, que estaban bastante llenas de gente, la tarde era agradable para pasear, pero el estómago llamaba y fuimos a un lugar que previamente habíamos leído que estaba bien. Con el buche lleno dimos un paseo por una especie de mercadillo-bazar-tiendas callejeras. Creo que no hace falta explicar la ilusión que me hizo en ese momento estar con tres mujeres. Por lo menos disfruté de la buena noche que hacía. Pusimos rumbo de vuelta al albergue y nos acostamos, al día siguiente cambiaríamos de país.




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