Con el Sol a cuestas. Día 15. Un final a la altura



El despertador sonó temprano, muy temprano. A las 12h deberíamos coger el bus hasta Trikala para allí coger la conexión a Tesalónica, donde salía nuestro vuelo por la tarde. Ajustamos los tiempos a más no poder, veríamos si el desvío para ver Meteora merecería o no la pena. Las sensaciones de ese día son bastante encontradas, por una parte la de un viaje que se acaba pero por otra la sensación de ver algo único. Y la verdad que fue esta última sensación la que se llevó el gato al agua y por goleada nada más salir a la calle y echar un ojo alrededor. Pese a no estar aún en el meollo de Meteora, las extrañas formaciones rocosas también se podían apreciar en Kalambaka. No eran ni las 7 de la mañana, el sol estaba empezando a salir y la brisa era reconfortante. Tomamos algo de desayunar y pedimos un taxi desde la recepción que nos llevaría hasta el monasterio principal que ese día abría, el monasterio de la metamorfosis, Megalou Meteoro.

Pináculos sobre nuestro albergue


El camino en taxi fue impresionante, el sol iba pintando las paredes lisas de los pináculos y bien arriba pequeñas construcciones de techo rojo, que al irnos acercando se iban haciendo más grandes. Meteora es Patrimonio de la Humanidad y la verdad que es uno de esos lugares que no hace falta explicar el porqué. Cuando llegamos a la cima de la carretera el monasterio de frente a nosotros aún estaba a un trecho. Quedaban varios minutos para que abrieran pero ya había bastante gente esperando. Primero abrieron un portón, que daba acceso a unas escaleras que llevaban a pies del monasterio. Más tarde abrieron otra puerta para poder ir subiendo las escaleras  hasta el acceso principal. La entrada era bastante barata, eso sí, había que cuidar la vestimenta e ir bien tapado hasta las rodillas, eso supuestamente, porque no todo el mundo llevaba la falda-tapa-rodillas que te daban a la entrada. La visita al monasterio merece la pena, ya no solo por las vistas sino también por hacerte una idea de cómo viven los monjes y de su historia, ya que hay un pequeño museo. Nos recorrimos de arriba abajo las partes abiertas del monasterio, su capilla, osario y patio. Nos llamó mucho la atención la manera de hacer llegar al comida o cualquier objeto al mismo (incluso personas) a través de un cable y una cesta. Otra cosa que nos llamó la atención fue que en el museo había fotos y posters de cómo los monjes lucharon contra los nazis en la II Guerra Mundial. Hicimos varias fotos del interior pero también de las bonitas vistas.

Monasterio de la metamorfosis

Vistas desde lo alto

Esperando a que abrieran

Vistas desde el patio interior del monasterio

Patio interior

Osario

Capilla

Cable para transportar

Saliendo del monasterio

Foto finish

 Aún teníamos tiempo así que decidimos bajar andando por la carretera y la verdad que fue un total acierto, sin duda el mejor paseo de todo el viaje. Es complicado describir la sensación de estar en un lugar tan sumamente bonito y especial, las fotos no consiguen capturar toda su esencia y en cuanto te alejas un poco de las hordas de turistas, la sensación es aún más intensa. Sin lugar a dudas, el desvío hasta Meteora, había merecido mucho la pena, dudo que haya mejor colofón al viaje. Esos kilómetros carretera abajo absorto en mis cosas, fotografiando por aquí y por allá, es uno de los recuerdos que más difícil será que olvide. Y por supuesto a esos momentos siempre ayudaban los momentos chorra de pararnos a hacer mil fotos con un pedrusco detrás. Da igual que no fuera el más bonito, daba igual que no fuera fácil escalar la piedra para hacer un buen encuadre, daba igual que el tiempo se nos echara encima, las fotos y las risas estaban aseguradas.

Bucolismo en estado puro

Otro monasterio

Foto de equipo

Y saltando

Posando

Mareando

Y dándolo todo

Precioso paseo hasta Kastraki

 Llegamos hasta Kastraki, un pueblo a los pies de los monasterios mucho más pequeño que Kalambaka. Allí recuperamos fuerzas y con ayuda de unos lugareños llamamos a un taxi de vuelta al hostal de Kalambaka. Recogimos nuestras pertenencias y fuimos hasta el centro del pueblo a esperar al bus hasta Trikala, justos pero bien de tiempo. Una vez en la estación de Trikala teníamos que esperar más de media hora y la verdad se hizo un poco coñazo, pero no quedaba otra. El trayecto hasta Tesalónica no era muy largo, algo más de 2h. Entre revisión de fotos, comernos el “kidonopasto” y cháchara variada ya estábamos entrando en la ciudad. Al llegar a la estación de autobuses rápido fuimos a buscar el bus al aeropuerto que creíamos salí al instante, pero aún tardó unos minutos más. El autobús cruzó toda la ciudad por el centro y luego por un inmenso paseo marítimo que tenía muy buena pinta. Cuando paró el autobús de bruces con la realidad, el aeropuerto delante y el avión que daba fin al mismo. Aunque Gerona no fuera nuestra última parada antes de volver a Irlanda, sí era la llegada final de este gran viaje. A sabiendas de que volvería a visitar Grecia y de que aún no volvía a la lluviosa isla esmeralda, los pensamientos en el avión no fueron tan cenizos. Él único pensamiento de frustración fue el de mi cámara rota, pero pronto se convirtió en excusa para volver. Y sí, la cámara pudo ser reparada en el servicio técnico, pero creo que no tardaré mucho en concederle la jubilación antes de que vuelva a dejarme tirado. Aunque pensándolo bien, toda excusa para repetir destino siempre es bienvenida.
Espero hayas disfrutado de la lectura de este periplo y si tienes alguna duda, pregunta o comentario no dudes en contactarme.

¡Hasta el siguiente!


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Y esta de regalo

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